Parece mentira lo rápido que pasa el tiempo cuando te pasas los días viendo a los demás correr hacia la puerta de embarque. Hoy se cumplen exactamente cinco años desde que me puse por primera vez el uniforme para trabajar en el aeropuerto de Santiago de Compostela parking. Cinco años que, medidos en tickets de aparcamiento, barreras levantadas y «buenos días» a las seis de la mañana, dan para mucho.
Para la mayoría de los viajeros, este lugar es solo un trozo de asfalto gris donde dejan su coche antes de desconectar del mundo; para mí, es mi oficina y mi observatorio particular.
El pulso diario de Lavacolla
Trabajar en el parking de un aeropuerto significa ser el primer y el último eslabón en el viaje de cualquier persona. Aquí he aprendido a leer a la gente casi de forma instantánea. El ritmo de mis turnos está dictado de manera estricta por los paneles de vuelos y las aerolíneas.
Las madrugadas suelen ser el territorio exclusivo de los viajes de negocios: maletas pequeñas de cabina, pasos acelerados y caras de sueño que buscan desesperadamente la terminal. Los fines de semana y las tardes de verano, en cambio, transforman el ambiente. Llegan las familias cargadas con un exceso evidente de equipaje, niños que no pueden contener la emoción de subirse a un avión y abuelos que alargan las despedidas junto a la máquina de pago.
Un clima que forja el carácter
Si hay algo que marca el día a día en nuestro parking, es la meteorología. He pasado turnos enteros revisando matrículas e incidencias bajo el orballo interminable del invierno gallego. He visto cómo la famosa y espesa niebla de Lavacolla se traga literalmente las zonas de larga estancia, dándole al recinto un aire casi de película de misterio.
Pero también están esos amaneceres despejados y crujientes de invierno, o las tardes cálidas donde la luz dorada rebota en los capós y casi puedes contagiarte de la alegría de quienes se van de vacaciones. Entre mis compañeros siempre bromeamos diciendo que si aguantas un enero en las garitas exteriores de este parking, estás preparado para sobrevivir en cualquier parte.
Historias sobre cuatro ruedas
A lo largo de este lustro he sido testigo silencioso de una infinidad de escenas que rompen la monotonía del asfalto:
Despedidas y regresos: He visto abrazos interminables, lágrimas de estudiantes que se marchan de Erasmus y la euforia de quienes reciben a los suyos en la zona de llegadas.
El peregrino de vuelta: Al estar en Santiago, vemos constantemente el final de una gran aventura. Es inconfundible ver a la gente llegar al coche agotada, cojeando un poco, pero con una sonrisa inmensa y las mochilas cargadas tras terminar el Camino.
Los clásicos despistes: Ya he perdido la cuenta de las veces que he tenido que peinar el parking entero en un carrito de servicio para ayudar a un viajero que, con los nervios del vuelo, olvidó por completo en qué sector y plaza dejó su vehículo hace diez días.
El balance final
A veces, cuando el turno es tranquilo y me quedo mirando las filas interminables de coches, me pregunto hacia dónde habrán volado sus dueños. Cada vehículo aparcado es una historia en pausa, esperando a que su conductor regrese para poner el motor en marcha y reanudarla.
Llevar cinco años aquí me ha enseñado a ser paciente, a mantener la calma frente a las prisas ajenas y a valorar mi propia rutina. No es el trabajo más glamuroso del mundo, pero soy el guardián de las esperas. El que vigila mientras otros vuelan. Mañana, como siempre, la barrera volverá a levantarse.