En el frenético ballet de la vida moderna, donde las notificaciones no cesan y las agendas parecen estallar, a menudo relegamos el arte de dormir a un mero interludio, una pausa obligatoria entre un día agotador y el siguiente. Sin embargo, si nos detuviéramos a pensar con la misma seriedad con la que elegimos un coche, un teléfono o incluso una tostadora, quizás le daríamos a nuestra cama el lugar