Preparar el cruce de la ría hacia el parque nacional exige una mezcla de previsión y de ganas de no dejar nada a la improvisación, porque una vez que el barco a islas Cíes levanta amarras ya no hay marcha atrás ni posibilidad de comprar sobre la marcha lo que se olvidó en casa. La reserva anticipada del código QR de acceso es el primer eslabón de la cadena: sin ese permiso digital emitido por la Xunta el embarque se convierte en una conversación incómoda con el personal de la naviera, y nadie quiere empezar el día discutiendo en el muelle. El sistema permite elegir fecha y franja horaria con días o semanas de antelación, y el justificante llega al correo en forma de código que hay que mostrar tanto al subir como, en algunos casos, al desembarcar. Hacerlo con margen evita la tensión de estar refrescando la página a última hora y permite concentrarse en el resto de preparativos.
Los horarios de regreso merecen tanta atención como los de ida. Las Cíes no son un destino donde se pueda decidir quedarse “un rato más” sin consecuencias: el último barco sale a una hora determinada y, si se pierde, las opciones se reducen a buscar una solución improvisada que rara vez resulta cómoda ni económica. Por eso conviene anotar la hora de regreso en un lugar visible, poner una alarma con tiempo suficiente y calcular el trayecto desde la playa o el sendero hasta el muelle. Hay quien se confía y se encuentra corriendo por la arena con la toalla a medio enrollar mientras el barco ya está recogiendo la pasarela; la escena tiene su gracia vista desde fuera, pero no tanto cuando uno es el protagonista.
La mochila de mano se convierte en el verdadero centro de operaciones del día. Dentro debería haber agua suficiente para no depender de los puntos de venta de la isla, protección solar de verdad (no solo el bote que lleva tres veranos en la guantera), algo de comida ligera que no se estropee con el calor, calzado cómodo para caminar y una muda de ropa por si el baño se alarga o el viento refresca más de lo esperado. Un impermeable fino ocupa poco y puede salvar la tarde si el Atlántico decide soltar un chaparrón pasajero. Los prismáticos no son imprescindibles, pero quien los lleva suele agradecerlos cuando aparecen aves marinas o cuando se quiere explorar con la vista los acantilados del otro lado de la isla. Lo que no debería faltar es la costumbre de no cargar con cosas que solo van a estorbar: la isla se disfruta mejor con las manos libres y con el peso justo.
Las vistas panorámicas durante la entrada por el canal norte son uno de los momentos que más se graban en la memoria. Mientras el barco se interna entre las islas, el paisaje se transforma: a un lado los acantilados verticales, al otro la línea de costa que se aleja, y delante la promesa de playas que parecen sacadas de otra latitud. La luz cambia según la hora y la época del año, pero en cualquier caso ofrece esa sensación de estar entrando en un territorio protegido, donde la presencia humana se mantiene dentro de límites razonables. Muchos viajeros aprovechan esos minutos para guardar silencio o para hablar en voz baja, como si el propio entorno pidiera un poco de respeto. No es exagerado decir que la travesía ya forma parte de la visita, y que quien viaja mirando solo el teléfono se pierde una parte esencial del espectáculo.
El humor aparece cuando se observan las distintas estrategias de los pasajeros para ocupar el tiempo a bordo. Algunos sacan el bocadillo nada más zarpar, otros se afanan en aplicar la tercera capa de crema solar y no faltan quienes intentan hacer la foto perfecta del barco cortando el agua mientras el viento les despeina sin piedad. Todos, de un modo u otro, comparten la misma expectación: la de llegar a un lugar donde el móvil pierde cobertura con facilidad y donde el reloj deja de tener la importancia que tenía en tierra firme. Esa desconexión forzada es, para muchos, el verdadero lujo del día.
Una vez en la isla, el código QR ya ha cumplido su función y los horarios de regreso se convierten en la única limitación real. El resto del tiempo pertenece a quien lo habita: a quien prefiere la playa de arena blanca, a quien se interna por los senderos hacia el faro o a quien simplemente se sienta a mirar el horizonte con la sensación de haber llegado a un confín del mundo. La preparación previa —el permiso, el horario anotado, la mochila bien pensada— es lo que permite que ese tiempo se disfrute sin sobresaltos. Y cuando el barco de regreso vuelve a cruzar el canal norte, las vistas se reciben de otra manera: ya no son la promesa de lo que está por llegar, sino el recuerdo de lo que se acaba de vivir.