Hay viajes en barco que son más que un simple trayecto; son el preludio de una experiencia. Y coger el barco desde la ría de Vigo con destino a la Isla de Ons en un día soleado de julio es, sin duda, uno de ellos. Mientras las Cíes se quedan a un lado y el mar abierto te saluda, sabes que el objetivo del día es doble: disfrutar de la belleza salvaje de un Parque Nacional y cumplir con un rito sagrado para cualquier amante de la gastronomía gallega: comer en el restaurante casa acuña isla de ons.
Desembarcar en el pequeño muelle de Ons es como pulsar un botón de pausa. El ritmo frenético de la ciudad se desvanece, reemplazado por el sonido de las gaviotas y el murmullo de las olas. Tras un corto paseo, se llega al corazón de la pequeña aldea, donde el bullicio de la terraza de Casa Acuña es la mejor señal de que has llegado al lugar correcto. Conseguir una mesa con vistas al mar se siente como una primera victoria. El ambiente es sencillo, sin pretensiones, como debe ser. Aquí, el lujo no está en la mantelería, sino en lo que está a punto de llegar a la mesa.
Aunque la carta ofrece diversas delicias del mar, venir aquí y no pedir pulpo es casi un sacrilegio. La única duda real es en qué formato disfrutarlo. En mi caso, la decisión fue salomónica: una ración de polbo á feira para empezar y una caldeirada de pulpo para continuar, todo ello regado con un Albariño de la zona, servido bien frío.
Lo que siguió fue pura magia. El pulpo á feira llegó en su clásico plato de madera, con una textura que roza la perfección. Ni chicloso ni deshecho, cada rodaja tenía la mordida justa, impregnada del mejor aceite de oliva virgen extra y un pimentón de la Vera que aportaba calidez sin enmascarar el inconfundible sabor a mar. Después, la caldeirada, ese guiso marinero, denso y sabroso, con los cachelos impregnados en una salsa que te obliga a pedir más pan. Es un plato que reconforta el alma.
Comer en Casa Acuña es entender la esencia de la cocina gallega: un producto excepcional tratado con el máximo respeto y sin artificios. El barco de vuelta a Vigo se coge con otro ánimo, con el estómago lleno y el recuerdo imborrable de una de las comidas más auténticas y deliciosas que se pueden tener. No es solo un restaurante, es una experiencia esencial que justifica por sí sola todo el viaje.