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Un recorrido por los tratamientos de mis años jóvenes

La adolescencia es una etapa de cambios, descubrimientos y, para muchos, también de enfrentarse a retos inesperados con el propio cuerpo. Para mí, uno de esos grandes desafíos fue el acné. Recuerdo que empezó de forma casi imperceptible, pero no tardó en convertirse en un inquilino persistente en mi piel, justo en los años en los que uno más se preocupa por cómo le ven los demás. Y toda esta batalla, este ir y venir de esperanzas y frustraciones, la viví aquí, en Vigo, mientras intentaba navegar por las aguas turbulentas de la adolescencia.

Al principio, mis intentos por controlarlo eran bastante ingenuos. Probaba cualquier crema o limpiador que prometiera milagros en la farmacia o que viera anunciado en la tele. Mis padres, preocupados, también compraban productos. Pero el acné seguía ahí, a veces mejoraba un poco, otras empeoraba sin razón aparente. Empecé a sentirme inseguro, a evitar mirarme demasiado en el espejo, a taparme la cara con el pelo. Salir por el centro de Vigo, quedar con amigos, ir a clase… todo se volvía un poco más complicado por la conciencia constante de tener «mala piel».

Fue entonces cuando decidimos buscar ayuda profesional. Empecé a visitar dermatólogos aquí en Vigo. Recuerdo ir a varias consultas en diferentes puntos de la ciudad, explicando mi problema, mostrando mi cara, sintiendo una mezcla de vergüenza y esperanza. Cada doctor proponía un plan de ataque distinto: cremas con diferentes principios activos, lociones, limpiadores específicos, y, en ocasiones, tratamientos orales. Me convertí en una experta en rutinas: limpiar, aplicar tónico, poner la crema de día, la de noche, tomar pastillas a la hora indicada… Mi baño parecía una pequeña farmacia.

El proceso fue largo y, a menudo, frustrante. Había tratamientos acne en Vigo que parecían funcionar al principio, pero luego los resultados se estancaban o aparecían efectos secundarios como sequedad extrema o irritación. Otros, simplemente, no hacían casi nada. Cada cambio de tratamiento venía con una nueva dosis de esperanza, seguida a veces de desilusión. Fue una lección de paciencia, algo difícil de aprender cuando tienes prisa por sentirte bien en tu propia piel y encajar.

Mirando atrás, esa época de ir de un tratamiento a otro, de probar y esperar resultados mientras vivía mi adolescencia en Vigo, fue un periodo desafiante. El acné no es solo una cuestión física; afecta profundamente la autoestima. Afortunadamente, con perseverancia y la ayuda de los profesionales que encontré en la ciudad, finalmente dimos con el enfoque que consiguió mantenerlo a raya. Aquellos años de tratamientos forman parte de mi historia, un recordatorio de una batalla que, como muchos otros adolescentes, libré para sentirme cómodo y seguro conmigo mismo en las calles de mi propia ciudad.

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