Mi abuelo pertenecía a esa generación que no concebía salir a la carretera sin haber revisado la presión de los neumáticos la víspera y sin llevar en la guantera un mapa de carreteras desgastado por los dobleces. No conoció las aplicaciones móviles ni los mapas satelitales en tiempo real, pero tenía una sabiduría práctica demoledora. Siempre repetía la misma frase cuando planeábamos cualquier escapada familiar: «El viaje no termina cuando llegas a la ciudad, sino cuando apagas el motor y te olvidas del coche». Recordé sus palabras al pie de la letra hace unas semanas, cuando preparaba un fin de semana en Alicante.
Alicante es una ciudad luminosa, abierta al Mediterráneo y vibrante, pero meterse en su corazón urbano en pleno mediodía puede ser una prueba de fuego para los nervios de cualquiera. Entre las avenidas principales, la cercanía del puerto, las zonas peatonales comerciales y las restricciones de tráfico, improvisar un hueco donde dejar el coche en superficie es poco menos que una utopía. En el pasado, probablemente habría cometido la torpeza de lanzarme a la aventura: dar vueltas interminables alrededor de Alfonso el Sabio o Maisonnave, quemar combustible, vigilar el reloj con angustia y pagar tarifas de zona azul con la constante amenaza de una sanción si la sobremesa se alargaba más de la cuenta.
Esta vez, sin embargo, decidí escuchar la voz de mi abuelo antes de salir de casa. Cogí el móvil y me tomé diez minutos para comparar y reservar aparcamiento Alicante centro vigilado y a un paso de la Explanada de España. La diferencia fue abismal.
Llegar a Alicante después de horas de autovía suele generar esa clásica tensión de los últimos kilómetros: el tráfico se densifica, los semáforos se suceden y el cansancio acumulado empieza a pasar factura. Pero en lugar de escudriñar cada esquina buscando un coche que hiciera ademán de marcharse, puse la dirección exacta del garaje en el navegador. Al llegar a la barrera, la cámara leyó la matrícula al instante, la cancela se levantó sin necesidad de tocar un solo botón y entré a una plaza amplia, resguardada del sol abrasador y con la seguridad de que el vehículo quedaba bajo custodia las veinticuatro horas.
Salir del parking y encontrarse a pie de calle, respirando la brisa marina y con la libertad de caminar directo hacia el hotel sin mochilas pesadas ni estrés, me confirmó que la previsión es el mayor lujo de cualquier viaje. Durante todo el fin de semana disfruté de los arroces, del paseo junto a las palmeras y de las vistas desde el Castillo de Santa Bárbara con la mente completamente despejada. No hubo prisas por renovar tickets ni sobresaltos por arañazos accidentales en la calle.
Mi abuelo resolvía estas cosas madrugando más que nadie o preguntando al municipal de turno en la primera rotonda. Hoy la tecnología nos lo pone infinitamente más fácil con una reserva previa a golpe de clic, pero el fondo de su consejo sigue intacto: ganar tiempo, cuidar la tranquilidad y empezar a disfrutar del destino en el mismo segundo en que pisas el asfalto.